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UNA NAVIDAD DIFERENTE

La Navidad, una época donde la mayoría de las personas se reúne en familia y en la que, sin duda, estamos un poco más sensibles que de costumbre. Son días de encuentros, comidas, celebraciones, donde compartimos todo lo que nos une y parece que nos inunda la alegría, los besos y las risas. Sin embargo, la realidad que se vive dentro de una prisión es bien distinta.

Para entender cómo se viven estas fechas, he podido hablar con dos reclusos que esta semana están de permiso penitenciario con la técnico del programa de prisión de Cáritas Osma-Soria,  para que, en primera persona, relaten sus vivencias en el centro penitenciario de Soria.  La tristeza de no poder estar con los suyos es el denominador común de estas dos historias duras y emotivas.

Dos hombres, Fernando, sevillano, de 58 años y Pedro, bilbaíno de 61, que la primera vez que pisaron una prisión fue cuando tenían 16 y 19 años respectivamente, y desde entonces han pasado de una prisión a otra, entrando y saliendo a la calle por periodos muy cortos, hasta que hace seis años nuestro primer protagonista y cuatro años y medio el segundo, llegaron a la prisión de Soria. Ambos han descrito sus frustraciones, anhelos y deseos en el marco de lo que para ellos significa vivir la Navidad en prisión. 

Navidades de Antaño

Ambos recuerdan con alegría y tristeza a la vez como eran las Navidades cuando no estaban en prisión.

Pedro me dice que se reunía con su familia, “cada día tocaba en casa de uno, la Nochebuena con unos, la Navidad en casa de mi tío. Eran unas Navidades como las de cualquier familia, todos sentados alrededor de la mesa disfrutando”. Me comenta que, a lo largo de este periodo de entradas y salidas de prisión, hubo dos años continuados que estuvo en libertad, y volvió a vivir las Navidades como cuando era joven.

Fernando me dice, “recuerdo vagamente que alguna de las Navidades que he pasado en prisión, me han concedido permiso para poder salir de prisión a disfrutar de las Navidades con mi familia”. Por suerte para él, este año la Nochevieja la va a pasar en Almería, con su familia, ya que le han concedido el tercer grado. “Espero no volver a estar en prisión ninguna Navidad más”, comenta.

Un Belén y poco más.

El espíritu navideño no invade ni a todas las prisiones, ni mucho menos, a todos los internos por igual. Aunque ambos comentan que las Navidades son prácticamente iguales en todas las prisiones, Fernando nos habla de cuando estuvo en la prisión de Sevilla, “el día cinco de enero entran los reyes magos y los pajes con una banda de música y nos daban los regalos. Eso es precioso, es el único momento en el que se nota que es Navidad”.

Al haber estado en diferentes prisiones, cada uno de ellos en unas ocho, queda claro que según la prisión se organizan unas actividades u otras, decorando el centro en mayor o menor medida y bien participando todos los reclusos por obligación o sólo aquellos que tienen permiso para ello. Sea como sea, la decoración se limita a un Belén, que no todos los reclusos ven, ya que me cuentan que está en el pabellón sociocultural, y si no se realiza alguna actividad no hay acceso a dicho pabellón.

Esmeralda, la técnico que les acompaña, me dice, que junto con la Pastoral penitenciaria, se ha realizado un taller de postales navideñas, pero lamentablemente, sólo ocho internos han participado en él.

Comida “algo especial” con turrón de postre

Si pensamos en la comida de esos días, debemos alejarnos de las grandes cenas que se sirven en la mayoría de nuestras casas. “sí que hay cena y comida diferente, por ejemplo, en la cena de Nochebuena nos pusieron una ensalada mixta de frutos y pollo relleno, y el día de Navidad comimos sopa de pescado y cordero asado con patatas, y una bolsita con turrón y polvorones de postre” comenta Pedro. Antonio me dice que él nunca había probado el cordero y que le gustó mucho. En Reyes les dan para postre un trozo de Roscón pero no reciben regalos. Fernando muy contento me dice, “Eso sí, en Nochebuena los de la Pastoral nos regalaron unos calcetines, mira estos que llevo puestos hoy”

 

Excepto por la escasa decoración navideña y por la comida “algo especial”, estas fechas transcurren en prisión como cualquier otra época del año. Sin flexibilidad horaria y sin el calor humano que acompaña las largas sobremesas navideñas. No hay las batallitas del abuelo, ni los chistes malos del cuñado. En prisión hay un frío sentimiento de mera supervivencia, el anhelo del abrazo familiar y el deseo de salir para brindar, por fin, con los tuyos.

Las campanadas suenan en silencio

En prisión, el día 31 no se celebra con cava y buenos deseos. El 2023, ni ningún otro antes, se estrenará con cotillones. El año nuevo se recibe con una bolsita de uvas, entregadas a media tarde, en la intimidad de la celda. “Aquí como es una prisión donde hay talleres productivos, y la mayoría de los internos tienen opción de trabajar, tienen televisión en la celda y pueden ver las campanadas” comentan. Pedro trabaja en el economato y Fernando en talleres, lo que les permite tener este pequeño lujo.

La video llamada, un acercamiento a la calidez del hogar

Una de las pocas cosas buenas, si hubo alguna, que tuvo la pandemia, fue que cada quince días, los internos del centro penitenciario de Soria, pueden disfrutar durante diez minutos de una video llama

da.  Así que por lo menos, muchos de ellos, pueden sentir un poco el calor del hogar que tanto echan de menos todo el año y más en estas fechas tan familiares, aunque sea de manera efímera, durante pocos minutos y en la frialdad de una sala con un móvil, ellos se sienten más cerca de sus seres queridos, y así pueden combatir la melancolía, su compañera de celda habitual, inseparable durante la época navideña.

Una Navidad carente de significado

Si en algo coinciden los dos es que, dentro del centro penitenciario, la Navidad pasa sin pena ni gloria. Solo la escasa decoración impuesta y el ligero cambio de menú les recuerdan estas fechas que parecen no querer celebrar. “La Navidad en prisión como tal no existe, la prisión es un mundo aparte en todo”, explica Fernando, “me gustaría que dejaran entrar a la familia para poder estar con ellos, tener una toma de contacto directo para sentirte humano y persona, poder tocarlos, darles un abrazo, enseñarles su celda, mostrarles como es la vida en prisión”

Da igual el delito. Al final todos desean, deseamos, lo mismo: una Navidad en familia. Otros también anhelan verse reflejados en la ilusión de la mirada de sus hijos abriendo los regalos durante la mañana del seis de enero, patinar con ellos sobre una pista de hielo o compartir un día en la nieve, esquiando, o no. Eso da igual. También fantasean con el ajetreo de las calles iluminadas o las cabalgatas de Reyes en ciudades.

Si fuera, en muchos casos, se ha perdido la esencia de la Navidad, dentro de prisión ni siquiera existe. Sin embargo, el sabor amargo de estas fechas en prisión contrasta con la ilusión de los que van saliendo. Sin ninguna duda, todos ellos, a medida que recuperen su libertad, volverán a sentir la ilusión de la Navidad en la amabilidad del hogar y de las caras familiares.